Los Centennials y el síndrome de la pata de pollo

ByJavier Roda

Los Centennials y el síndrome de la pata de pollo

Permítanme que me presente, soy de la generación X, mi referente fueron las películas de los tiburones de Wall Street o llamados glamurosamente Yuppies. Tenía como referentes a las personas que viajaban en puente aéreo y pedían zumo de tomate, aquellos tiempos en los que Iberia ofrecía gratuitamente un snack. Estudié ADE porque los valores que se estilaban eran obtén títulos, compite para ser mejor que los demás (por no decir, sé individualista), trabaja mucho sacrificándote duramente los primeros años de tu carrera profesional, propón grandes ideas y llegarás a la cima de una empresa con cierta rapidez. La cima era el poder y disponer de un bazar de elementos materiales que daban la felicidad. Si no llegabas te frustrabas, y algunos que habían llegado se habían estresado tanto que huían a territorios donde se respiraba espiritualidad (los pioneros fueron los Beatles). Allí intentaban averiguar cuáles eran las claves de la verdadera felicidad. No sé si las he encontrado como ellos, pero ser de la generación X no me ha ayudado mucho.

Soy consultor-formador especialista en Gestión del Talento y me he dedicado en los últimos años a tratar con las 3 generaciones, la mía, la anterior llamada Baby Boomers y la posterior Millenials. Cuando hablamos de ellas en nuestras formaciones se genera un especial interés y grandes debates alrededor de las mismas.

Y ahora, como padre de 2 hijas nacidas después del 97 mantengo una especial atención y sensibilidad para gestionar y guiar a la nueva generación llamada Centennials. Importante estar preparados, porque algunos pocos afortunados que superan la barrera del elevado paro juvenil empiezan ya a incorporarse al mundo del trabajo. Desde la modestia y con ánimo de ayudar a padres y empleadores, presento aquí 10 características observadas personalmente y contrastadas en los primeros libros y estudios sobre esta generación:

  1. Son nativos digitales, sus dedos siempre acaban en una pantalla. La batería o el wifi se suman a las necesidades fisiológicas en la base de la famosa pirámide motivacional de Maslow. Las tabletas y los smartphones son su mascota.
  2. Las redes sociales han provocado que pongan su autoestima en función de los likes. Sus experiencias vitales se hacen públicas a través de un texto, foto o vídeo y las viven como positivas o negativas en función del feedback de los demás. Aumenta pues su dependencia emocional que puede llegar a ser nociva para su salud psicológica.
  3. Su canal de televisión es Youtube o las plataformas Movistar, Netflix, HBO… Amazon son sus grandes almacenes y la enciclopedia es Google.  El aquí y ahora es su lema, con una impaciencia tal que les lleva a bajísimos índices de tolerancia a la frustración.
  4. Crecen rodeados de modern families a su alrededor y en un entorno global, lo que les hace ser más tolerantes con la diversidad.
  5. Desde pequeños ven alrededor más abrazos, más besos, más lloros, por ello pueden expresar sus sentimientos con mayor libertad. La expresión emocional ya no es un tabú o signo de debilidad, especialmente para los hombres. Aún recuerdo la opinión de mis ancestros “eres un niño y llorar es de niñas”.
  6. La escuela a la que acuden, está inmersa en una crisis total del modelo pedagógico tradicional. Antes se premiaba la memoria, repetición y trabajo individual. Ahora se estila el trabajar por proyectos, con conocimiento transversal, con mayor pensamiento crítico y en equipo. Se desarrollan sus competencias emocionales y se insiste en generar dinámicas que les motiven para el aprendizaje.
  7. Estamos en el mundo de las series, fenómeno de culto hoy, los personajes no son ni buenos ni malos, hay asesinos que te caen bien, y héroes con grandes psicosis y tormentos que nos pueden parecer hasta empalagosos. Estos referentes provocan una confusión en la escala de valores.
  8. Aparece un interés por la política que no existía desde la época de la transición. Vuelve el fenómeno de la tertulia y el análisis de la actualidad en todos los medios, aparecen nuevos partidos de generaciones de Millenials que quieren romper la vieja política. Aumenta su interés por la ideología y su proactividad para cambiar el mundo.
  9. A diferencia de los Millenials, han vivido una crisis económica profunda durante gran parte de su infancia. Son más cautos y menos idealistas. Tienen una mayor consciencia de la limitación de oportunidades para lograr el éxito profesional. Ya no piden la carta a los reyes en una entrevista de selección. Recuerdo aún las preguntas clave para un becario Millenial:  Cuanto cobraré y cuál es el horario.

Por último, la décima clave, la enfoco como una reflexión y la he bautizado como el síndrome de la pata de pollo:

Para presentarla, les planteo un ejercicio de visualización. Trasládense a un domingo de los años 80 a la hora de comer. En la televisión aparece Heidi, Marco, Willy Fog, D’Artacan o cualquier personaje bueno donde los haya. Para comer hay un pollo a l’ast acompañado de patatas chips y se saca en una bandeja. Nuestra madre empieza a repartir los trozos. La mayoría de los comensales aspira a la pata. La primera pregunta va dirigida al padre de la familia: ¿qué quieres pata o pechuga?, altas posibilidades de que escoja pata y, recordemos que como son familias de 3 o 4 hijos, altas posibilidades de repartir solo una entre los demás. Al menos contamos con el gran sacrificio de nuestra estupenda madre. No es discutible, el argumento es que el padre de familia es el que se ha esforzado toda la semana trabajando y con ello ha permitido traer el suculento manjar a esta casa. Cabe decir que el esfuerzo de la madre también era el mismo, aunque en esa época desgraciadamente se la premiaba con un electrodoméstico en Navidad, ¡benditos los tiempos actuales en este sentido!

Ahora compañeros de la generación X traslademos en el túnel del tiempo la misma escena a la próxima comida de domingo con pollo a l’ast con nuestros hijos. Los niños con la pantalla en la mano, nosotros con el smartphone encima de la mesa, no hay tele. Media de 2 hijos por familia. Sacamos el pollo a l’ast, se puede oir joooo otra vez pollo. Los niños sin levantar la vista ni los dedos de su pantalla reciben directamente la pata de pollo en su plato acompañada de las patatas chips. No es discutible tampoco, el/la niño/a tiene que ser feliz inmediatamente y crecer en un entorno de amor y cariño extremo, no podemos soportar que se disguste. Nosotros con nuestra pechuga en el plato a la que hemos de poner litros de salsa y suerte que la alita va en el lote. 

¿Qué estamos haciendo? ¿Estamos asegurando su felicidad desde el principio o un profundo sentimiento de frustración cuando no les toque la pata de mayores? ¿Estamos favoreciendo la expresión emocional o más bien una pataleta por asuntos triviales? ¿Estamos evitando que sufran o provocando una paralización cuando se encuentren solos ante la adversidad? ¿El premio va hacia nosotros como padres entrañables o debe ser para ellos cuando se esfuercen o se lo merezcan por sus actos? Los ponemos en el centro de la familia, ¿pero están preparados para no serlo en otros colectivos?

El síndrome de la pata de pollo me hace plantearme estas preguntas como padre y como consultor. Muchas veces se nos llena la boca en los debates, criticando a una u otra generación, pero somos lo que somos porque cada generación tiene un síndrome provocado por las anteriores. Aún estamos a tiempo de que los Centennials puedan ser mejores profesionales y personas y está en nuestras manos. La próxima comida ¿a quién le van a caer las 2 patas de pollo? Yo lo tengo claro, a mi mujer y a mi madre.

 

Por Nacho Julià
Socio-Consultor Manum

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